miércoles, 27 de agosto de 2008

Memorias de Lucía ( 40 AÑOS DEL CLASICO LUCIA, 1968-2008)



Cuando filmaba mi documental Memorias de Lucía (2003), tal vez concentrado en mi segunda obra, y enamorado, desde niño, de este clásico de Humberto Solás, no caía en la cuenta del testimonio que guardaba para la posteridad. Treinta y cinco años después las actrices protagónicas: Raquel Revuelta, Eslinda Núñez y Adela Legrá, junto a Humberto, recordarían importantes momentos vividos en los años 67 y 68 durante el rodaje y estreno de Lucía (1968).

La realidad es dura, a veces, y nos cuesta creer que la primera Lucía ya no esté con nosotros. Aún así, el legado de Raquel, como el del resto del equipo que conformó Lucía será imborrable para la cultura cinematográfica en Iberoamérica. Acercarse a un clásico puede parecer fácil, pero no lo es. Estas tres mujeres son personalidades singularmente diferentes una de la otra y fue una emotiva experiencia descubrir esto, a la par del director que daba su visión sobre estas actrices que lo han acompañado a lo largo de su vida. Entonces, aquí está, pues, un retrato vivo y el encuentro apasionado con uno de los momentos de esplendor de nuestro cine.


Raquel Revuelta

La historia empieza porque un día Humberto me llama, me invita a almorzar y me dice que si yo aceptaría ese papel. Yo había leído el guión y me gustaba mucho, pero nunca pensé que yo lo iba a hacer. Le dije que sí, que cómo no y ahí empezó la historia. Entonces comencé a estudiar cómo sería esa mujer en esa época y me pareció que yo conocía ese personaje en mi época: una solterona, con todos los prejuicios, la timidez, todos los problemas que tenía esa mujer... Me fascinó el personaje, yo lo amé.

Raquel RevueltaTrabajar con Humberto además fue para mi maravilloso porque nos entendimos perfectamente bien siempre. Y en Lucía pasaron cosas, tú me preguntabas que si yo tejía, sí, yo tejía, pero en esa película había que tejer mucho porque fue bastante difícil y con mucha gente y entonces yo tengo un problema con las conversaciones antes de actuar, yo no puedo estar hablando de cualquier cosa y pensando en el personaje y trabajando, no puedo, simplemente no puedo. Entonces tejía largas telas y después desbarataba y volvía a tejer: Penélope.

La película toda fue un rodaje interesante. Te puedo decir que empezamos por la escena donde yo le pido la gardenia a mi mamá, por ahí empezó la película. Yo tenía el antecedente de por qué ella decía eso, pero no estaba bien metida todavía en el papel y me dije: Bueno, aquí lo único que tengo que hacer es creer en lo que tengo que hacer, y hacerlo sin pensar en más nada y ese bocadillo era muy difícil porque de verdad, que una mujer llorando y pidiendo una gardenia, estaba difícil.

El último día de filmación fue muy impresionante. Fue un día muy extraño, llovía, paraba de llover, las auras volaban bajo, había todo un ambiente como de muerte, era una cosa rarísima. La viejita que me dice que él está en el parque, apareció allí sentada y toda aquella procesión, era raro, era un día extraño y la verdad es que hace poco estuve en Trinidad y vi la calle por donde yo bajé a matar al soldado, y francamente, no sé cómo no me maté, porque está llena de chinas pelonas y yo que venía por ahí, nada, a matarlo, más nada.

Fue una película que me gustó mucho hacerla, nunca pensé que sería tan importante como lo fue después. Es realmente bella y además contó con un gran equipo, había mucho amor haciendo esa película en las tres partes.

Cuando veo Lucía me gustaría volverla a hacer, porque hay cosas que hoy yo no las haría así y sé que Humberto estaría de acuerdo. Pero me siento contenta con ella, un trabajo que quedó ahí, para siempre. Tengo un sobrino que me dice: «Tú, cuando te mueras, Lucía nada más, eso es lo que queda de ti», y yo le digo: No, también quedan alumnos, no es así tan simple.


Eslinda Núñez

Siempre me interesó mucho el mundo de los personajes de Solás. Un día me dijo: «Tengo el guión para que trabajes conmigo, me parece que es un personaje que tú lo puedes hacer muy bien y estoy decidido a que lo hagas.» Lo leí y era una historia tremendamente hermosa, con un personaje muy bien diseñado, con un trabajo muy interno y me encantó la idea de poder hacerlo. Cuando comencé me sentí un poco preocupada, porque me parecía que era demasiada responsabilidad, tenía miedo no dar con lo que Humberto soñaba, con lo que Humberto pedía. Tuve miedo al hacer el personaje, pero a la vez que ya entré en él, me lancé, y bueno, cada día que pasa la gente me dice que le gusta más y realmente me sorprende, porque en su época, quizás no fue uno de los cuentos que más gustara. Yo estoy muy agradecida a la suerte y a la decisión de Humberto de haber trabajado conmigo.

Recuerdo muchos momentos difíciles, porque Lucía para mí, a pesar deEslinda Núñez que fue un gusto tremendo hacerla, no fue una película fácil. Recuerdo también el primer día de filmación. A Humberto en aquel momento le gustaba comenzar por las escenas más difíciles, y me tocó la de la muerte de Aldo, sin yo conocer a Aldo prácticamente, sin haber hecho ninguna escena en conjunto, sin sentir por ese hombre todavía el amor, o sea, haber ido desarrollando todo aquello. Entonces fue un golpe tremendo para mí, pero Humberto quería buscar justamente una reacción inversa, golpearme de esa forma. Recuerdo que la muerte de Aldo me sobrecogió mucho, no sabía cómo enfrentarla; sin embargo, él encontró recursos para que yo diera lo que él quería.

De Lucía guardo mis mejores recuerdos, mis mejores emociones como actriz. Creía y creo mucho en Humberto. Me gusta mucho trabajar con él, porque exige lo máximo del actor. Por momentos uno piensa que ha dado todo en una escena y de buenas a primeras Humberto se vira para donde estamos y nos dice «No, tienes que volver, tienes que reflexionar, tienes que pensar y hacerlo desde otro punto de vista.» Entonces te pone en una disyuntiva que te hace volver a empezar y volver a buscar y siempre queda algo más que dar.

Pienso que la película jugó su papel, mucha gente decía que el cine cubano se había vestido de largo. Fue un momento importante, un momento que recuerdo con mucha alegría, con mucho entusiasmo, porque realmente teníamos muchas esperanzas en esa película y ella sobrepasó nuestras esperanzas. A treinta y cinco años, es mucho tiempo, pero lo más lindo que tiene es que todavía se vuelve a ver y se mantiene fresca, vital, aún para nosotros que la conocemos tanto. Esperemos que vuelvan una y mil Lucías.


Adela Legrá

Cuando hice Lucía, ya estaba un poco más preparada pues ya había hecho Manuela, aunque había cosas que todavía no entendía, pero bueno, al final me las tuve que tragar. De todas formas aún así, había secuencias que no me gustaban, y que fueron las últimas que se filmaron. Tal es la escena de la luna de miel, donde tenía que besarme con Adolfo Llauradó.

Si, Adolfo me ayudó mucho, Humberto me ayudó más todavía. La confianza que ellos me tenían también influyó mucho para mi trabajo. Ya ahí, comprendí qué era lo que me gustaba hacer: la actuación.

Nunca imaginé que Lucía iba a tener la trascendencia que tuvo: una película material de estudio en las escuelas de cine. Un clásico del cine cubano. Por mi mente nunca pasó, que yo, una infeliz campesina pudiera lograr cosas, como resultó en la película, No creo que sea tan buena actriz, solo que Humberto sabe cómo sacar lo máximo del actor.

Adela Legrá Para la foto de Lucía, la famosa foto de Lucía, Humberto quería que yo corriera para que estuviese agitada. Entonces le dije: Ah, ¿tú quieres que yo corra? Eso es lo más fácil para mí. Yo no sé poner los pies en el piso, pero aún así me quité los zapatos y comencé a correr y a correr, entre tantos caracoles y cosas que había en esa salina de Nuevitas, y todo el mundo decía: «Se va para La Habana, miren el puntico.» La suerte es que el compañero de iluminación me seguía en un jeep, pues me desmayé. Caí con los pies en la tierra y la cabeza para el agua. Me mojé toda, al mojarme me secan el pelo con una toalla y me ponen un sombrero para protegerme del sol. Cuando llego a donde está Humberto, a él le fascinó mi apariencia, y dice que no hay tiempo de retocarme el maquillaje, que tenía que ser como yo estaba en aquel momento. Y ahí es donde viene la famosa mirada que yo le doy a Humberto, porque debo decir que no era para el actor, sino para el director que me lo quería comer vivo.

Precisamente, la secuencia de la salina es la que más me gusta. Siento que dimos nuestras vidas, nuestras fuerzas porque saliera aquello. En toda la película se trabajó con amor, pero pienso que esta parte es especial, o al menos yo lo siento así. Aquellas mujeres corriendo detrás de nosotros y después entra la música de la Guantanamera, fue un momento muy logrado que recuerdo con cariño.

Lucía vive en mí, esa es la conclusión a la que he llegado durante estos treinta y cinco años, porque fue una experiencia vivida intensamente. Esa Lucía va a estar aquí siempre, en mi corazón, es que yo soy Lucía.


Humberto Solás

Yo venía caminando del Parque Central a mi casa, pues vivía en la calle Aguiar, entre Tejadillo y Chacón, y en el camino, por la calle Obispo, en el año 66, sobrevino a mi mente esta película de tres cuentos, con tres personajes femeninos de manera muy borrosa. Sabía que el primer cuento iba a ser al final o al inicio de la última guerra independentista, que después iba a hacer un cuento en la época de Machado y otro cuento contemporáneo. Llegué a mi casa y me senté en un sillón que daba a un patio muy hermoso con enredaderas de jazmines y de buganvilias. Era a la caída de la tarde, no había nadie en casa y en el sillón se me fue esbozando con más claridad la película, tal como un milagro, una revelación. Yo sí tenía el casting en la mente. Sabía que Raquel Revuelta iba a ser la protagonista del primer cuento, Eslinda Núñez la del segundo y Adela Legrá la del tercero. Si es cierto, que existe el destino y podemos desarrollar una voluntad determinista, creo que tanto ellas como yo nacimos para hacer esa película, porque las actrices y el director, todos estábamos en edad exacta para los cuatro roles que teníamos que desempeñar.

Son rostros paradigmáticos, representan muchos valores, tienen la capacidad de transmitir por su arquitectura facial matices muy sutiles de la nación, eran perfectas para ese papel. Si tuviera que hacer Lucía de nuevo, claro que no la haría. Pero pensemos, que alguien me obliga o yo mismo enloquezco. Sin embargo yo no tendría en este momento esos tres paradigmas faciales, ni tuviera tampoco, esas tres voluntades y calidades de actriz.

Raquel es la autoridad, es la pasión, representa la idea de las pasiones,Humberto Solás hay mucho de ello en su propia personalidad, a pesar de que es una mujer hierática, aparentemente fría; pero es como una caldera en constante ebullición. Su maravillosa máscara logra ocultar esas inquietudes subterráneas que aparecen en Lucía. Creo que es su mérito en esta película; aunque ella había hecho cosas muy buenas en teatro y televisión, pero el cine es lo que queda perpetuamente. En esta película hizo gala de su dicotomía, de sus ambigüedades, esa aparente serenidad y es un volcán. Fue muy expresiva y muy refinado este trabajo que ella realizó.

Eslinda era justamente la proyección de lo mítico, de lo operístico, de lo evanescente, de lo inapresable. Eslinda es como críptica, misteriosa. Tú sabes que hay muchas lecturas detrás de esos ojos, hay muchas cosas no confesadas, hay muchas emociones latentes y no es que ella sea así, pero seguramente los actores sacan algo de su propia personalidad. En Lucía ofrece valores de sutileza, es una imagen tierna, con un rostro que no se acaba de perfilar. Sí está bien perfilado arquitectónicamente, pero lo que ella transmite tiene una capacidad fulgurante.

Y Adela es una maravilla. Es una belleza de mestizaje, la apoteosis de la cubanía. Tú descubres en ella rasgos negroides, rasgos blancoides, ecos de los primigenios nativos de la Isla. Es un rostro de india, es un rostro de mulata, en fin, por eso su foto en Lucía con el sombrero y la toalla, que luego yo recojo en Miel para Oshún, muchos años a posteriori, ha recorrido el mundo como un emblema de la cubanía. Adela no tiene la técnica de la actriz, pero sí posee una sinceridad tan aplastante, que la unifica en términos de capacidad y calidad, por una extraña ecuación.

Yo nunca miro al pasado, la gente habla de la época de oro del cine cubano: Memorias..., Lucía, La primera carga al machete, fue ese momento, dimos todo lo que teníamos que dar. Cuba, como cualquier otro país se define por décadas. Hemos pasado años sin hacer cine, obligados por las circunstancias económicas o por las incomprensiones de los que deciden. En fin, yo no miro con nostalgia, yo miro a Lucía con mucho orgullo. No con un orgullo vanidoso, sino con un orgullo de bien, de satisfacción. Y para mí, personalmente fue un hito, un hito personal. No soy una persona que me repita, el mimetismo de autor no me interesa y luego de Lucía hice Un día de noviembre que desconcertó y Cantata de Chile también diferente, y Cecilia se entronizaba un poco con el primer cuento, pero no tenía nada que ver, ni El Siglo de las Luces ni Un hombre de éxito, en fin... yo creo que Lucía mantiene mucha lozanía. Hace un Humberto Solástiempo hicieron un pase por la televisión. Yo llevaba casi veinte años sin ver la película y cuando enciendo la TV, comenzaba el último cuento y descubrí que todavía es moderna, que no había envejecido, cosa que me agradó mucho. Las películas envejecen igual que los seres humanos y bueno, si ahorita van a ser cuarenta años que se hizo y mantiene la capacidad de seducir al propio director, que es el más acérrimo crítico de su propia obra, pues parece que está bien, que es un buen trabajo y que quizás quede en la memoria colectiva, más allá de la vida y muerte, de los que la hemos hecho.



Humberto Solás, Raquel Revuelta, Eslinda Núñez y Adela Legrá



Diseño cartel: Raúl T. Morilla


Publicado en la Revista Cine Cubano 157. 2004