miércoles, 6 de enero de 2010

La Hembra del Alhambra.

Carlos Barba, Beatriz Valdés y Enrique Pineda Barnet

La Hembra del Alhambra*

Por Rafael Grillo
crítico de cine y narrador cubanoLa Habana, 28 de noviembre de 2009 

Bellas hay tantas. Cada quien tendrá la suya. Hubo una Bella para una Bestia, en el cuento de Leprince de Beaumont que el francés Cocteau hizo película en 1945. Y otra hermosa escaló el Empire State, símbolo neoyorkino, oprimida en el puño del monstruo en aquel King Kong de la Universal. Con rubias preciosas y fatales se inundó el cine negro norteamericano y el suspense de Hitchcock. Buñuel encontró su Belle de Jour en la europea beldad de Catherine Deneuve. Su turno tuvieron para encandilar desde la gran pantalla las musas Marlene Dietrich, Marilyn Monroe, María Félix, Claudia Cardinale, Brigitte Bardot…

En una de sus mejores historias, el escritor Kawabata acostó a bellas y vírgenes desnudas al lado de ancianos decrépitos en una casa del Japón. Y allá por los 70 se puso de moda el mexicano Emmanuel con la canción de una joven que “sí, era bella… era muy bella… pero tan fría, pero vacía”. ¿Pero cuál es la Bella de todos los cubanos? Pues la que tenía un lunar en la mejilla y otro en la barbilla, y más abajo en la rodilla… y en la rabadilla. La que quería viajar a París… y si no, a Europa. La Hembra del Alhambra. Esa actriz llamada Beatriz Valdés puesta a encarnar a Rachel bajo las órdenes del director Enrique Pineda Barnet.

Resulta curioso que la mayoría de las visiones críticas e historiográficas sobre La Bella del Alhambra subrayan el rol renacentista del filme de Pineda Barnet dentro de la tradición del cine musical en Cuba, pero que no insistan en su significado para la psico-sociología de sus oriundos. Mentes lúbricas y sensuales, con ojos que comen y cuerpos ardientes, los nativos de la isla tropical hallaron por fin, en la Rachel de Beatriz, las dotes a la medida de sus sueños húmedos. Es cierto que en el cine cubano abundan las beldades. Cada una lo son, a su modo, las tres Lucías de Humberto Solás: Raquel Revuelta, Eslinda Nuñez y Adela Legrá. Y Daysi Granados, de cuasi Lolita en las Memorias del Subdesarrollo de Titón, o como la desquiciante mestiza en Cecilia. O Isabel Santos, con su faz de llanto congelada por Fernando Pérez en el último fotograma de Clandestinos. También Mirta Ibarra, sobre todo en el rol de la madura que hace caer al ángel David en Fresa y Chocolate. Pero de todas ellas, las mil caras de Eva, a ninguna le tocó representar, exactamente, lo que a esa vendedora del pan con tibiri o reina de las cotorras: la Mujer que hace babear, que hace rabiar, que es el objeto del deseo, universal y común, el “mamífero de lujo” que los ciudadanos de todos los países se quieren llevar a la cama.

Ese fue el papel que desempeñó Beatriz Valdés. El de la Eva primordial. La que se saca la hoja de parra que encubre sus pechos de diosa sobre el escenario del caliente Paraíso masculino del Alhambra. La Carne de Rachel. El Arquetipo perseguido desde el primer macho en su horda primitiva. El Mito del Sabor Inolvidable. La Manzana a la que el actor Jorge Martínez, en su función de amante primero, da sólo un mordisco tímido. La que César Évora sí se devora hasta el hueso. ¡Ah, la envidia del anhelo! Cuántos suspirando, gimiendo y removiéndose en su tieso sillón dentro de la sala oscura. Cuántos completando noches solitarias con el recuerdo de un rostro cincelado con las artes de todas las razas y de un trasero desbocado en el contoneo a ritmo del Caribe… Podrán llegar otras películas musicales al cine cubano. ¿Pero volveremos a tener una Rachel?

*Solicitado expresamente para el libro "XX Aniversario de La Bella del Alhambra", selección de textos de Enrique Pineda Barnet y Carlos Barba, publicado por Ediciones ICAIC, 2009.

Foto: Abel Álvarez