miércoles, 4 de agosto de 2010

ESLINDA NÚÑEZ: EL MISTERIO, LO INAPRESABLE, LO DISTINTO

Cuando se habla sobre Eslinda Núñez casi todo el mundo se refiere, consciente o inconscientemente, a Lucía, a la muchacha de negrísimos ojos y mirada añorante, misteriosa. Pero la actriz ha demostrado capacidad para muy diversos registros, y para incursionar con fortuna en los más diversos medios.
Alumna de la Academia de Teatro Estudio, debutó en el Teatro Musical de La Habana en 1962, cuando todavía lo dirigía el mexicano Alfonso Arau, quien treinta años después se anotaría uno de los mayores éxitos de taquilla del cine latinoamericano con Como agua para chocolate. De su entrada al cine se encargó otro extranjero, el francés Armand Gatti, quien le ofreció un pequeño papel en la surrealista y delirante El otro Cristobal (1963), el primer filme rodado en Cuba que compitió en el Festival de Cannes. De su generación, Eslinda ha sido la actriz cubana con mayor suerte para laborar con directores foráneos: el checo Vladimi Cech (Para quien baila La Habana, 1966), el ruso Vladimir Vainstock (El jinete sin cabeza, 1972), el mexicano Sergio García (Próximamente en esta sala, 1974), el español Antonio Eceiza (Mina, viento de libertad, 1976), el peruano Federico García (El socio de Dios, 1986), entre otros.
Después de su primera entrada a la pantalla grande, Eslinda interpreta tres papeles muy importantes, o protagónicos, justamente en lo que se considera la tríada de oro del cine cubano en la segunda mitad de los años sesenta: Lucía, con Humberto Solás, en 1968, en el mismo año participó en Memorias del subdesarrollo, dirigida por Tomás Gutiérrez Alea, y al año siguiente tuvo un papel episódico pero impresionante en La primera carga al machete, de Manuel Octavio Gómez. Estar en el reparto de las tres mejores películas de aquella época es un privilegio que nadie podrá negarle a Eslinda Núñez.
Sobre ella, ha dicho Humberto Solás ( en el documental Memorias de Lucía, de Carlos Barba), a propósito de Lucía: "Eslinda era justamente la proyección de lo mítico, de lo evanescente, de lo inapresable. Eslinda es como críptica, misteriosa. Tú sabes que hay muchas lecturas detrás de esos ojos, hay muchas cosas no confesadas, hay muchas emociones latentes y no es que ella sea así, pero seguramente los actores sacan algo de su propia personalidad. En Lucía ofrece valores de sutileza, es una imagen tierna, con un rostro que no se acaba de perfilar. Sí está bien perfilado arquitectónicamente, pero lo que ella transmite tiene una capacidad fulgurante".
En los setenta, Eslinda se convirtió en algo así como la encarnación posible de la cubana moderna, sobre todo a partir de Un día de noviembre (1971), otra vez dirigida por Humberto, mientras que se arriesgó a renunciar por completo a todo lo que pudiera esperarse de su imagen histriónica en Cecilia (1982), en la cual conformó a una Isabel Ilincheta pragmática y cínica, lejos de la imagen romántica establecida por Villaverde y por los papeles anteriores de la propia Eslinda. Ese deseo de romper con lo que había hecho antes la llevó a interpretar melodramas (Amada), filmes de época, nostálgicos y sentimentales (Capablanca) e incluso comedias (No hay sábado sin sol).
Siempre ha sido una actriz de asumir riesgos y cambios. Obtuvo resonantes éxitos en teatro (más de cincuenta puestas) pero lo abandonaba constantemente para regresar al cine; ya consagrada en el séptimo arte de la Isla, incursionó con éxito en la pequeña pantalla (Pasión y prejuicio, La otra cara, Doble juego). La mítica Lucía se presta también para protagonizar los cortos de algunos nuevos realizadores, en fin, está siempre buscando, mejorándose, proponiéndose otras metas y nuevos puntos de partida.

Joel del Río, crítico de cine
Palabras al catálogo del 3er Festival Internacional del Cine Pobre de Gibara, Holguín, Cuba, abril de 2005