jueves, 15 de septiembre de 2011

Isabel viendo llover en lo más hondo

sobre el documental Mujer que espera, de Carlos Barba

Por Ileana Rosabal / revista SiC No. 27, julio-agosto-septiembre 2005, Editorial Oriente

Diseño carteles: Roberto Rodríguez Valdés

"La soledad es no poder decirla", Alexandra Pizarnik

Ella camina por la guardarraya, mira hacia atrás y sonríe, sonríe a la cámara. La vemos alejarse bajo el sol tibio, que cae sobre su piel cubierta de pecas diminutas.
Corte. Ha llegado al portal de una humilde casita del batey, se acomoda en el suelo, prende el cigarrillo y rememora los inicios de la actriz crecida cerca de un ingenio azucarero en Camaguey.
Close up al rostro de la niña que fue Isabel Santos. Gran primer plano a sus ojillos encandilados por el proyector, alegre como los otros niños que también descubren el cinematógrafo contra la pared de un almacén de abono.
Corte. Con el movimiento nervioso de las manos envueltas en el humo del cigarro, rememora el campo sin electricidad y con pocas diversiones, la idea del cine a través del inefable rostro de Adela Legrá haciendo de Manuela, la luz del candil sobre los libros clásicos que traía su madre para sofocarle el tedio de los cañaverales.
Nos cuenta que ella misma, la tímida guajirita, soñaba distinto a las muchachas del lugar; nos dice del apego a los animales, los miedos, la guía materna, los retos, la mala ortografía, las inhibiciones, los primeros personajes, el reconocimiento del público, los viajes al extranjero, la humildad y la memoria de cada uno de sus filmes desde el pretendido sitio del rodaje.

Se permuta

La historia de un short resume la filosofía del cuerpo opuesta a la timidez. Una cubanita sin la voluptuosidad requerida debe meterse dentro de un short, seducir a Mario Balmaseda y encarnar el erotismo. Ella reconoce que nunca pensó en recibir el papel porque en el casting había rivales deslumbrantes. Sin embargo, tan bien supo meterse dentro de la ingenuidad y el arrojo del personaje, que a los pocos meses, después de las innumerables mudanzas y de los enredos de su madre Rosa Fornés, fue a dar a un hotel de Río de Janeiro, atolondrada entre celebridades como Dennis Hopper o Berlanga, para recibir el premio de actuación femenina.

Algo más que soñar

La televisión siempre ha tenido un alcance inusitado. Y aunque había tenido otras breves apariciones, con esta serie Isabel llegó a los hogares, a las públicas de las montañas, a la pubertad de los reclutas. La imagen fresca de una muchacha que encarnó el amor juvenil, la allegada Penélope que ama a un nuevo Ulises combatido en Angola, se hizo extensiva para un público apasionado con Susana Pérez, Verónica Lynn o Raquel Revuelta.

Lejanía

La voz de Omara percute silenciosa como un lamento del alma, como un agudo loncomeo. La gente se va, pero permanece demasiado cerca en nuestras vidas, en la separación, en la soledad, en el mar, en los papalotes. Cuando Jesús Díaz pidió a la actriz que entendiera el sentido de la lejanía, ella no podía saberlo. Hizo lo que pudo; asumió por instinto un desarraigo ajeno, la voluntad de irse y volver al cabo de diez años cuando ya nada tiene el tamaño del recuerdo. Isabel nunca había salido de la isla y menos sabía de la desazón que carcome si has dejado a alguien que te recuerda. Su experiencia hasta ese momento se limitaba a los confines del país; no tenía la dimensión de lo que es vivir en lontananza. Esta película se conoce menos de lo que se debe, parece decirnos Isabel. Hay que revisar la memoria del desarraigo para sentir que el ser cubano es el ser humano, hay que volver al tema para comprender lo que ya sabemos del árbol, que las raíces están debajo, hace tiempo, creciendo.

Clandestinos

"Lo mismo de siempre" decía la gente al escuchar el tema de la película. Isabel se ríe. No, nos reímos nosotros. Parecía que Fernando Pérez iba a decirnos lo mismo de siempre, pero nadie quería una secuencia falsa del clandestinaje, ellos querían incorporar la realidad del amor y la justicia como un cantar auténtico, para que al cabo se entendiera la noción de rebeldía. Resultado: imágenes que han quedado como un dato en el genoma, de modo que ya no hay otra imagen de la clandestinidad que no sea la que el filme sembró en la sensibilidad colectiva. El merecido Coral de actuación femenina para Isabel y el premio a la mejor opera prima, es, obviamente, bien recibido por ella; pero una razón de sangre le impide disfrutar la euforia del IX FINCL: su hijo pequeño está enfermo y no hay otra verdad. No es ficción la necesidad de acompañar de las madres; no hay corales para ellas, pero se sabe que los hay. Ella (Nereyda) había cumplido su deber al personificar el amor y la verguenza, la audacia y la amistad en el contexto de la tiranía; ella (Isabel Santos), al lado del cuerpo acribillado de su hombre, determinó callar para decirnos más acerca de lo que estaba sintiendo.

Adorables mentiras

Cada quien tiene su método, cada quien logra imprimir como puede un espíritu al cuerpo que le prestan. Cada mujer asume el erotismo desde una posición y ella no es la carnalidad misma, ella configura el sentimiento desde su propia ética. El trabajo con Gerardo Chijona confirmó que el cine es instante, que no va a entregarse en los ensayos, que la intimidad de su hogar para fumar, oír música y pensar el personaje es lo que prefiere. De volver a representar la Sissy que Senel Paz concibió especialmente para ella, daría más soltura al fascinante histrionismo que ya le conocemos, y con mayor dominio acogería el sex appeal tragicómico de una mujer abrumada por el tedio, una romántica infiel que miente al marido y al amante. De volver a repetir el instante "le pondría más salsa".

La vida es silbar

El oficio de actriz se le vuelve un constante desafío. Si antes le pidieron expresar un sentimiento de identificación a partir de la nostalgia que implicaba el desarraigo sin tener la menor idea, ahora debe representar a una extranjera, revelando una otredad que no le pertenece. Debe distorsionar su propia lengua, caminar desnuda, desafiarse a sí misma y a los que no comprenden que su cuerpo es el cuerpo de un personaje; ir, en la vida real, a despedirse de su hijo, porque nunca había estado tan alto, nunca había tenido que subirse a un globo para ver La Habana y la muerte desde arriba.

Miel para Oshún

Humberto Solás no sólo le dio la oportunidad de estrenar el cine digital, sino que le ofreció el asidero para salvarse, la ocasión de conocer mejor a Cuba, de llorar, reír y otra vez llorar en una secuencia inolvidable. El maestro Solás planifica un abrazo que sería dado al final de un largo viaje y ella lo tomó, lo aceptó como señal de reconciliación. Al final del camino, esperaban Adela Legrá, aquel rostro puro de sus recuerdos contra el almacén de abono, y el reencuentro con la Isabel que venía siendo.

Barrio Cuba (antes Gente de pueblo)

Ella es una gente de pueblo que precisa de la fe para realizar su anhelo. Ella sabe del valor de la Virgen para los desesperados. Ella cree en el amor, en el perdón, en los santuarios del hombre.

Dí buen día a papá

Repensar al Che fuera de Cuba dentro de un filme desde Bolivia, debe haber sido una experiencia única en términos humanos. Tal vez la importancia de la experiencia no estuvo en trabajar con "otro equipo", el equipo boliviano dirigido por Fernando Vargas, sino en descubrir que estaba dispuesta a no dejarse matar al héroe que ha amado. Tal vez estuvo todo el tiempo diciéndose: "hay gentes que no te la pueden matar, o a ti no te da la gana de que te la maten".

Mujer que espera

Ella camina por la guardarraya, Carlos Barba la guía tras la cámara y porque quiere dinamizar, nos monta sobre rieles hacia un bateycito en Camaguey, hacia la raíz misma del mito, hacia el hipotético set de los filmes de Isabel. Apuesto a que muchos cubanos la desconocían. Yo misma, recuerdo desde mis lunetas una Isabel distinta, no esta que espera, que padece soledad y se revela como un personaje superior detrás de tantos rostros. En la historia de Isabel ella no permuta nada, no ha perdido al amado Ulises en tierras africanas, ni está de vuelta luego de diez años para reencontrar su país, no enmudece al final de una secuencia en la que los amantes se afrentan al oprobio de la dictadura, no asume ser otra mujer para salirse de una existencia mediocre, no grita a Elpidio desde un globo que tenga esperanza en el amanecer, no está haciendo una road movie acompañada del primo que regresa de Miami buscando a su madre en Baracoa, tampoco ha ido a invocar al Santuario del Cobre para tener un hijo, ni protege la imagen adorada del Che convertido en santo. En la ficción de Barba no sólo vemos la luz, también el aturdimiento de la joven estrella; no únicamente el perfil de Cuba alzarse por las tierras del mundo para recoger los lauros, sino el peso real de la fama cuando por primera vez se posa. Isabel se desnuda ante nosotros, fuma desconsoladamente, camina de un lado a otro en una salita repleta de lienzos; muestra su método, su nostalgia más profunda, aquella que no había podido articular en toda su filmografía; urde una queja, pero luego reanuda la gracia, la risa, la vuelta al personaje que es ella misma, sin el pudor de que algunos piensen que tras la acrobacia se oculta la pavura. En esta historia Isabel está viendo cómo se alejan los seres amados, cómo su país endurece, cómo duele el altruismo enfrentado al desarraigo. Aquí reafirma el precio de la paz al vivir en su tierra frente a la supuesta libertad en casa ajena. La vemos renegar de las fronteras, de las leyes que impiden volar, sufrir los afectos que faltan aun cuando es una mujer rodeada de una hermosa familia y verdaderos amigos. En la amorosa acogida que tuvo el documental el 18 de junio de 2005 en el cine Rialto de Santiago de Cuba, Isabel ya no fue la niña temerosa atravesando el cañaveral, la inexperta nudista que a golpe de profesionalidad aceptó su humanidad ante la cámara, la actriz laureada. Allí (ahora, en el presente universal de esta película) seguía acompañándola un relicario, mientras esperaba cumplir sus sueños, mientras llegaban los abrazos que debe dar, mientras añoraba "ser feliz, una mujer muy feliz".