lunes, 28 de noviembre de 2011

Barrio Solás (Textos en el blog, en homenaje al 70 aniversario del Natalicio de Humberto Solás, 1941-4 de diciembre-2011)

Adela Legrá, Humberto Solás y Ana Domínguez, rodaje "Barrio Cuba", de H. Solás (foto: Felipe Borrego)

Por Rafael Grillo

La piel alba y la cabeza nevada como cumbre de montaña. Camisa y pantalones blancos. En el rostro una sonrisa pulcra, cual si encarnara el bienestar de un ángel. Tan impoluto se ve Solás, tan claro, que casi luce irreal. Empero, en un contraste como de pintura barroca, está cercado por humano estrépito y jolgorio, abrasado y abrazado por el calor y el júbilo de gente. Gente de todos los colores, de todos los sueños y todos los pensamientos, de castas y saberes múltiples, gente de pueblo, la gente de Gibara. Y también ciudadanos de todos los países, unidos junto a Humberto por la causa del Cine Pobre. Es fecha de inauguración, y Solás va al frente de la caravana del mundo que arrollará las arterias de la Villablanca para enmarcar el inicio de una nueva edición del Festival.

De Humberto Solás me llegan a la mente, y me sobrevendrán por un tiempo inmensurable, otras imágenes y recuerdos, bastantes para guardar como souvenires gratos en el almacén de la memoria…

El primero, cronológicamente, es del día que lo conocí, ya no como un icono distante del cine cubano, sino de veras, delante de mí, el hombre de verdad. Fue en los portales de una casa en las cercanías de la avenida de Puentes Grandes, en medio del trasiego del rodaje de Barrio Cuba. Estaban ahí los sobrinos Sergio y Aldo Benvenuto, aliados suyos en la realización de la película y el Festival; Adela Legrá, su actriz fetiche desde la era de Manuela; un actor bien escogido como Felito Lahera; Rafael Solís, el director de fotografía predilecto en la última etapa; Carlos Barba, un joven discípulo; y otros tantos, demasiados como para nombrarlos a todos, cada cual ocupado en sus asuntos dentro de la película. Yo, el periodista novel, comencé impresionado, disparando las preguntas a modo de ráfagas nerviosas, mientras Solás, el tipo culto y curtido, de larga vida y experiencia, fumaba su cigarrillo —ese al que los asépticos achacarán ahora el nefasto mal del Cangrejo— y me contestaba con el donaire del Don Apacible. Su actitud salvó la entrevista; y al final, terminé contagiado con su sosiego y embullado, definitivamente, a seguir los avatares de la filmación para sacar de esas vivencias un largo reportaje.

Me viene otro flash, uno que no dejaría se lo tragaran las olas furiosas del olvido: un feliz Humberto posa para mi cámara. Lleva su atuendo de hijo de Obatalá y está sentado entre tres músicos mestizos: David Torrens, Kumar y William Vivanco. Detrás, el viejo torreón sobre la colina de la Villablanca; al fondo, la boca de la bahía. Vuelvo a sentir el entusiasmo de aquel momento, cuando imaginé esa foto al día siguiente en la portada delDiario del Cine Pobre, bajo este titular: “Play it again, Solás”; como haciendo un guiño de cinéfilo de pura cepa al clásico Casablanca, y a suHumphrey que pide al pianista negro: “Tócala de nuevo, Sam”.

De esas jornadas de los Festivales de Gibara, seguro estoy de que nadie pudo dejar de reparar en un cuadro entrañable, que a diario se repetía, y año tras año: Solás, de caminante simple por las humildes calles de Gibara, era un acontecimiento maravilloso. A su paso los rostros de los lugareños se iluminaban, tal si las cerillas de la esperanza se les hubieran encendido en el interior. Ellos lo idolatraban; y nunca como en esos instantes, he podido estar tan cerca de comprender lo que significa la creencia religiosa en el advenimiento de un Mesías.

Además conservaré esta postal de vanidad: fue una mañana en las oficinas del quinto piso en el edificio del ICAIC, durante los días previos al sexto Festival, en que Humberto Solás, quien además de ojos de cineasta de estirpe demostraba a cada rato poseer una pluma atinada y lúcida, se me acercó, y a propósito de un artículo que yo había escrito sobre el Cine Pobre para El Caimán Barbudo, me dijo: “Lo que yo busco decir con mucho esfuerzo y varias páginas, lo resumes tú en pocas con elegancia y facilidad”. Elogio enorme, que no lo menciono solo porque me sirviera para dignificar el amor propio; sino, igualmente, porque me ayudó a concebir la estatura humana de Humberto Solás, la de alguien que ha adquirido la capacidad de reconocer la virtud en patio ajeno.

Por eso quisiera culminar creando la figura de Solás que dejaría para siempre en mi galería de los buenos recuerdos. Y será un retrato psicológico armado a partir de los títulos de esas hermosas películas que hizo; las que, sin duda, no serán bajadas del pedestal de la mejor tradición del cine cubano, para seguir siendo evocadas con orgullo por sus compatriotas:

Solás fue “Un hombre de éxito”; sin embargo, no alojó soberbia y se comportaba modesto. Como cualquier hombre, Solás albergó en el pecho una costilla “Lucía” y “Manuela” y “Amada” y “Cecilia”. Brumoso podía parecer Solás, algunas veces, cual “Un día de noviembre”; y en muchas ocasiones brillante, como “El siglo de las luces”. La mirada de Solás endulzaba, cual “Miel para Oshún”; y todo en él era abierto y diverso, como si entero le cupiera un “Barrio Cuba”.
Fuente: La Jiribilla