sábado, 3 de marzo de 2012

El siglo de las luces: hombre e historia, Carpentier y Solás (II) (Textos en el blog celebrando el XX aniversario del filme "El siglo de las luces")

Por Luciano Castillo, crítico e investigador cinematográfico. Director de la Mediateca de la EICTV

(Publicado originalmente en Cubaliteraria el 20 de diciembre de 2011)

Humberto Solás. Foto: Mario Díaz

Ningún otro cineasta es poseedor de las especiales dotes requeridas para trocar los postulados carpenterianos del barroco americano a su propio barroquismo visual como Humberto Solás.

En 1963, al aparecer la primera edición cubana de El Siglo de las Luces en las modestas Ediciones R, Solás tenía 22 años, pero ya trabajaba en el ICAIC, y un año antes había realizado un documental Variaciones y el cortometraje de ficción Minerva traduce el mar, sobre un poema escrito expresamente por Lezama Lima.

De inmediato, se sintió alucinado por esa alegórica crónica, escrita con tal prodigio por Carpentier. Solo que a diferencia de un lector común, tras la página final: «Cuando quedó cerrada la última puerta, el cuadro de la Explosión en una catedral, olvidado en su lugar —acaso voluntariamente olvidado en su lugar— dejó de tener asunto, borrándose, haciéndose mera sombra sobre el encarnado oscuro del brocado que vestía las paredes del salón y parecía sangrar donde alguna humedad le hubiese manchado el tejido» ... Solás no podía permanecer impasible: tenía que filmarlo.

Para alguien obsesionado con el eclecticismo estilístico de La Habana Vieja, donde nació y transcurrió su infancia, era un proceso natural encuadrar con ambas manos cualquier ángulo «del barrio» e insertar con los rostros de cualquier intérprete a Sofía, Esteban y Carlos enfebrecidos por la prédica de Victor Hughes.

Solás no pudo cursar estudios de arquitectura, que tanto le obsesionaran, —como a Carpentier, quien no los concluyó—, pero a sus vivencias en un contexto tan sugerente le atribuye un papel determinante en su decisión de devenir realizador cinematográfico. No por gusto, su segundo cortometraje de ficción, El acoso (1965), tomó prestados un título y un tema abordados por Alejo, pero transpuesto a los momentos posteriores a la derrota de los invasores en la batalla de Playa Girón, acontecimiento culminante en el itinerario trazado por el novelista para los personajes de La consagración de la primavera (1978). Sin haber concebido aún a su Lucía vestida de negro, que avanza por las calles de Trinidad, decidida a tomar venganza del delator; o a su Cecilia dispuesta a lanzarse desde una torre de la Catedral de La Habana, el joven cineasta ya imaginaba, quizás, el plano de la guillotina azotada por la furia de la tempestad, a bordo del barco que conduce al Nuevo Mundo a Víctor Hughes, heraldo de la Revolución Francesa.

En el transcurso de más de tres décadas, Carpentier confirmó su estatura como uno de los mayores narradores en lengua castellana.

Con su filmografía, Solás se afirmó como uno de los más relevantes realizadores de hispanoamérica, capaz de subvertir el melodrama para usarlo como método de penetración de la realidad, en la mejor tradición viscontiana, además de, a través de la psicología de personajes femeninos, traducir las contradicciones de la sociedad.

Conscientemente influido por el novelista, Solás nunca desistió en su deseo de filmar El Siglo de las Luces, donde, al tiempo de hallar una análoga búsqueda del equilibro entre individualidad e historia, siempre percibió aquellos temas obsesivos que le persiguen y preocupan. Pese a que creadores tan prestigiosos como Costa-Gavras anunciaran en algún momento sus intenciones de adelantársele en la pantalla, Humberto Solás no dejaba de soñar con ver a Sofía, «ojerosa, desfigurada, envuelta en ropas de luto» o «impetuosa, enardecida, con un hombro en claro y un acero en alto, jamás vista en tal fuerza y tal entrega», bajo los rasgos de la actriz Eslinda Núñez, con toda esa belleza nostálgica encubridora de una gran fuerza interior que descubriera en la Lucía 1933.

Entretanto Solás aguardaba por la conjunción precisa de factores para filmar su versión de El Siglo de las Luces, exploraría más tarde otras de las potencialidades de la actriz, al conferirle personajes en Un día de noviembre (1972), las recreaciones con elementos de la ficción en el documental Wifredo Lam (1979), Cecilia (1981), y, sobre todo, Amada (1983), centrada en torno a una heroína romántica por antonomasia.

La coyuntura propicia para la ambiciosa coproducción se produjo finalmente al unirse al ICAIC, compañías de Francia, y la desaparecida Unión Soviética para una serie televisiva de tres capítulos de aproximadamente 80 minutos y una versión sintetizada de poco más dos horas con destino a los cines. Ante una pieza de orfebrería literaria como El Siglo de las Luces, despojada de las limitaciones o falencias dramáticas de las novelas que filmara antes, Humberto Solás se propuso por encima de todo una reproducción, sin concesiones, promotora de la reflexión, en lugar de una siempre riesgosa lectura crítica, profusa en elementos del contexto político-social que el autor se viera forzado a excluir (Cecilia) y que en Carpentier es esencial por el extenso período histórico abarcado. «Como era una novela tan grandiosa, pues realmente me sonaba como a soberbia o a vanidad querer transformar o hacer una versión muy particular, muy personal, —confesó el cineasta— y por eso es muy ortodoxa, a despecho de que hay algunos cambios, sobre todo en el epílogo, pero creo que fue bastante fiel».

La octogenaria escritora cubana Alba de Céspedes (1911-1997) y Jean Cassies se dedicaron a dialogar la novela, que carece prácticamente de parlamentos, y a modificar algunos implícitos en las descripciones carpenterianas. En el proceso de adaptación, guión y diálogos es obvia la participación de Humberto Solás, en especial en lo que califica de «transgresión»: las cartas dirigidas a Sofía por Esteban desde los distintos sitios adonde le conduce el vendaval de la Historia, esclarecedoras de sus reflexiones sobre el papel que le ha correspondido desempeñar en esos telúricos acontecimientos. «En ese epistolario me aparté de Alejo Carpentier y de la obra, y un poco, procazmente, hice una especie de testamento personal o un testimonio, —no vamos a decir testamento porque todavía quedan otras películas por hacer—, pero sí lo caractericé como un testamento político de Esteban, una visión cosmogónica muy particular de él».

Otra opción dramatúrgica fue la sustitución de la linealidad del original por un flashback iniciado desde el momento en que Carlos, en medio de la noche, arriba a Madrid y se persona en la Casa de Arcos para indagar sobre el destino de Esteban y Sofía, al desaparecer toda huella de su paradero, y sus ojos tropiezan en una pared con el harto conocido cuadro Explosión en una catedral.

No obstante estos aportes estructurales, sin olvidar la explosión en una auténtica catedral como marco para la muerte de Sofía —nunca explicada por Carpentier—, la adaptación es respetuosa en grado superlativo del espíritu y la letra de un texto pletórico en descripciones y pasajes narrativos, algunos de ellos necesariamente suprimidos y otros sintetizados. Diseminadas en los sitios más insólitos en el transcurso de la travesía de los personajes arrastrados a contingencias inimaginables antes de la irrupción de Víctor Hughes en sus vidas, sobre todo de Esteban, se advierten reproducciones de las columnas salomónicas que en Explosión en una catedral, la obra de Monsú Desiderio, sostienen el templo.

Solás ha admitido que con El Siglo de las Luces logró su aspiración de realizar un filme «espectacular y filosófico», de una solemne frialdad que para él es su principal virtud: «Se trataba de hacer una película de espectáculo para un público que le interesara la experiencia intelectual y un cine de ideas, no de emociones y efectos técnicos.»

(Continuará)

Fuente: Cubaliteria