sábado, 14 de julio de 2012

DE CARPENTIER A SOLAS: LAS LUCES DE OTRO SIGLO (Textos en el blog celebrando el XX aniversario del filme "El siglo de las luces")

(Fragmento)

Por Juan Antonio García Borrero
crítico de cine

Para Humberto,
por las luces en su cine
de fin de siglo.

“La vida de los hombres de ayer
se asemeja tremendamente a
la de los hombres de hoy:
las mismas preocupaciones, las
mismas luchas, las mismas discusiones.
Entre la historia de ayer y la de hoy
existen interferencias curiosas,
que es bueno conocer y descubrir”
Alejo Carpentier (1)

Humberto Solás no había cumplido aún los 18 años, el día, el minuto, el segundo aquel en que José Lezama Lima, en su mítica casa de Trocadero 162 se aprestó a leer, con el fervor propio del célebre culto que rendía a la amistad, una de las cartas recibidas en la mañana y que, entre otros asuntos, comentaba:

“Saint-James (Barbados)
A 9 de septiembre de 1958.

Mi querido Lezama:

Mucho pensamos en ti, Lilia y yo, en esta isla inverosímil, donde vinimos a buscar un poco de Trópico marítimo – arena, olas, algún cocotero y nada más – y nos vino al encuentro una isla imaginada por Horacio Walpole, casi habitada por Lewis (ignoraba yo que el autor del The Monk hubiese caminado por las Antillas inglesas), y completada, desde luego, por Mistress Ann Radcliff. Todo el romanticismo inglés se ha refugiado en Barbados, isla de pequeños presbiterios rodeados de tumbas infinitamente melancólicas – con la cruz céltica rematando la lápida rectoral (…) que invitan a remozar las meditaciones de Young en Las noches.

(…) Trabajo muy bien en esta atmósfera rara. Acabo de terminar una cosa bastante voluminosa y difícil. Veremos.

Recibe, mi muy querido Lezama, un gran abrazo de Lilia y de tu siempre fiel

Alejo. (2)

Apenas seis años después, lo que el propio Lezama nombró el azar concurrente, orientó los pasos de Solás y Oscar Valdés a las puertas de la casa más famosa de la calle Trocadero, con el fin de pedirle a su eximio inquilino, un poema que pudieran incorporar al corto que ambos realizaban en esos momentos: “Minerva traduce el mar”. Tal vez la euforia del instante, el magnetismo de la singular personalidad de Lezama, no permitió a los jóvenes cineastas (más atentos entonces al carácter de un Antonioni o de un Godard que a los estrépitos del mal llamado boom de novelistas latinoamericanos) reparar en el nuevo libro publicado bajo el sello de Ediciones R que el líder de Orígenes sujetaba con sus manos, todavía regocijado de descubrir ya en forma de poesía narrativa, aquella atmósfera rara que tanto conmovió a su amigo; ahora Lezama sabía por qué Carpentier mencionaba en la epístola a la Radclif y más tarde la citaba en la novela, por boca de un desilusionado Esteban: “I am a miserable wanderer on a distant shore!…”, tampoco podía disimular la embriaguez que le suscitaba comprobar la incidencia que en la trama habría de tener ese misterioso lienzo notificando la explosión en una catedral, pues él mismo, un poco antes, a propósito de su homenaje a René Portocarrero, se había referido a las fantásticas ciudades engendradas por Monsú Desiderio, ese dueto creador (Barrat y de Nome) de arquitecturas góticas que sucumben en medio de los más impensados desastres, incendios, tempestades, todos paradigmas ideográficos de una convulsión mayor.

Tres décadas después, el misterio compuesto por tantas ataduras invisibles, tantas coincidencias soterradas, se completó la noche que Humberto Solás (como siempre, extenuado por la angustia que toda premiére supone) estrenó en La Habana su versión (también como siempre, bien personal) de la monumental “El siglo de las luces” (miento: el misterio, al menos para mí, prosiguió aquella mañana en que se me hiciera impostergable la necesidad de escribir esto, y seguirá en pie el día en que Alguien que todavía no conozco, que quizás nunca conoceré, se vea en la obligación de refutar este mismo escrito).

Los temores de Solás, no obstante el enorme crédito que su obra fílmica (sobre todo “Lucía”) le reportaba desde hacía mucho, no eran para nada gratuitos. Por el propio Carpentier sabía que la relación de este con el cine había estado marcada desde sus inicios, por una suerte de fatum casi imposible de corregir, pese a que desde su juventud, el escritor se había pronunciado a favor del nuevo arte, llegando a sostener en alguna ocasión que “resulta increíble que, por los años que corren, haya todavía espíritus bastante obtusos para discutir el valor del cinematógrafo como arte. Se nos dice que es inferior al teatro, que es un hermano degenerado del viejo tinglado, se pondera la insipidez de muchas producciones norteamericanas o francesas, se habla de la pomposa tontería de ciertas “estrellas”…pero no se tiene la generosidad de contemplar, desde un punto de vista elevado, el panorama de veinte años de cinematógrafo, para ver todo lo que ese arte juvenil y flexible nos ha dado ya, como anunciación de un futuro magnífico” (3)

Pero las anécdotas que evidenciaban el deterioro de la relación eran bien familiares: en 1957, Tyrone Power juró concederle al cine norteamericano un matiz más intenso que el de las producciones al uso y para ello pagó la adaptación de “Los pasos perdidos”, mas su prematura muerte impidió que el proyecto se cumpliera alguna vez; por esa misma fecha Luis Buñuel le anunció a no poca gente que filmaría la versión de “El acoso” con el mismo tiempo que Beethoven utilizara para su “Eroika”, pero una imprevista sordera (sordera que según Carpentier le permitía escuchar sólo lo que le convenía) dejó la promesa intacta; por su parte, Harry Belafonte aún conserva entre sus frustraciones más notables la dificultad para rodar “El reino de este mundo”, estado de ánimo similar al que, en sus momentos, Manuel Octavio Gómez y Tomás Gutiérrez Alea manifestaran con la imposibilidad de traducir al cine “El camino de Santiago” y “Los pasos perdidos”, respectivamente. Lo prodigioso de todo ello está en comprobar cómo tantos infortunios nunca fueron suficientes para desestimular el interés sobre la novelística de Carpentier, todo lo contrario, pues en 1978 Miguel Littin se encargó de interpretar fílmicamente “El recurso del método”, diligencia que repetirían en 1982 y 1989 José Montes-Baquer y Paul Leduc (en los dos casos a propósito de “Concierto barroco”) y en 1994, Octavio Cortázar con “Derecho de asilo”.

Sin embargo, si alguna versión se esperó de siempre, casi pudiera decirse se exigió, era la de “El siglo de las luces”. Humberto Solás lo sabía demasiado bien: con ella, Alejo Carpentier había logrado no solo una de las obras cumbres de la novela latinoamericana de todos los tiempos, sino igual, un relato que se permitía el lujo de ignorar fronteras temporales o espaciales, que se asomaba a la esencia misma de la naturaleza humana colocada en situación límite, que hacía de El Hombre (sin nombres, sin razas, sin edades, sin uniformes transitorios) el protagonista de un relato que podía ser el más intimista de los nuestros.

No solo era la novela más apreciada por Carpentier: era también la más acreditada por los otros y para Solás, un desafío que implicaba un riesgo tan descomunal como el que corriera once años atrás, cuando a propósito de la exégesis que hizo de una (para algunos) intocable Cecilia, estuvo a punto de provocar un colapso en las mentes de los que demandan la sumisión del creador a dictados extrartísticos, en franco desprecio de las leyes inherentes al Arte.

Por aquellos años (principios de los ochenta), Solás sufrió los embates de los nuevos ortodoxos y quedó la impresión, la triste impresión, de que a partir de entonces el cine cubano se haría solo para nuestro deleite más sabatino y doméstico. De esa fecha en lo adelante, abundaron las comedias amables, los chistes complacientes, las historias fáciles de resumir a la hora del almuerzo, cerveza, tabaco y exageradas risotadas por medio.

Se hicieron películas impecablemente correctas, tan impecables que no valía la pena reiterar el poco sobresalto de la fotografía, la comodidad de los cortes en la edición y a grosso modo, la tediosa pulcritud técnica de nuestras producciones. Utilizamos conflictos superficiales que por supuesto se solucionaban también superficialmente. En realidad, se necesitaron no menos de diez años, para volver a hablar con seriedad de “Cecilia” y reevaluar el derecho de todo artista a pensar y crear por cabeza propia, y así rescatar aquel espíritu de herejía que tanto bien le había proporcionado al cine cubano en los míticos sesenta. Comenzaban los noventa, mejor dicho, nuestros noventa. Sin darnos cuenta (tanto nos ocupaban y preocupaban otras cosas) habíamos llegado a la última década de este ¿otro? siglo.

Notas:

1. Entrevistas a Alejo Carpentier. Editorial Letras Cubanas, 1985, p . 248.
2. Luisa Campuzano. Carpentier entonces y ahora. Editorial Letras Cubanas, La Habana, Cuba, 1997, p 32-34.
3. Alejo Carpentier. Crónicas. Editorial Arte y Literatura, La Habana, 1976, Tomo II, p 352.

Tomado del blog: Cine Cubano La Pupila Insomne

Foto: Humberto Solás durante el rodaje del filme "El siglo de las luces" (ICAIC)