martes, 28 de agosto de 2012

Ann Marie Stock: “La cultura sí nos puede unir”

Por Mildrey Ponce / Cubanow

28 de agosto de 2012

Para la norteamericana Ann Marie Stock, el cine cubano y la obra de sus más noveles exponentes figuran entre sus grandes pasiones.

Su más reciente publicación, On Location in Cuba. Street Filmmaking during Times of Transition (*), así lo avala. Es este un texto dedicado a los jóvenes realizadores cubanos, donde se destaca la visión y el devenir de aquellos que, al decir de Stock en su libro, “han ayudado a cambiar el curso del cine de la Cuba revolucionaria”.

Ann Marie Stock es catedrática y directora de los programas de cine y estudios culturales de la Universidad William & Mary en Virginia, Estados Unidos. Además, es fundadora de la iniciativa Cuban Cinema Classics (www.cubancinemaclassics.org), dedicada a la promoción de algunos de los más antológicos documentales realizados en la Isla en los últimos 50 años –tanto de los “clásicos” como de los más recientes–.

Su descubrimiento del cine cubano y su admiración por el mismo han marcado su vida profesional. Durante más de veinte años se ha consagrado como una consecuente estudiosa del séptimo arte de la Isla, lugar al que siempre regresa para reencontrarse con su cinematografía. Paralelamente, ha sido invitada a dar presentaciones, organizar muestras, formar parte de jurados y paneles, y compartir sus conocimientos acerca del tema.

Su última visita a Cuba fue durante el Festival de Cine Pobre, evento al que Stock asistió como invitada y donde emocionó al público con un documental acerca de la labor de subtitulaje de obras audiovisuales cubanas emprendida, bajo su iniciativa, por un grupo de estudiantes del centro educacional al que pertenece. Tras este encuentro Sotck accedió a conversar con Cubanow.


¿Cómo llega al cine cubano y cómo surge ese interés por explorarlo?

Me encontraba escribiendo una tesis doctoral sobre el cine latinoamericano. Al estar inmersa en esta investigación descubrí la rica tradición cinematográfica cubana, ya que Cuba ha jugado un papel sumamente importante dentro de la historia del cine latinoamericano. Fue entonces que una profesora me dijo: “Ann Marie, si quieres llegar a hacer alguien útil e importante dentro del cine latinoamericano tienes que ir a La Habana y conocer el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano.” Era 1989.
Yo era una estudiante proveniente de una zona rural de mi país y mis padres nunca tuvieron la oportunidad de hacer estudios universitarios; de ahí que el hecho de venir a La Habana me sonó como ir a Macondo, a la Luna, o sea, a un lugar lejano del cual no tenía muchas referencias, excepto las que conocemos de Miami. Por suerte seguí el consejo de ella; creo que fue uno de los momentos determinantes a la hora de definir a qué me dedicaría posteriormente.
Poco a poco me alejaba del cine latinoamericano en general para concentrarme más en el tema del cine cubano. Esto surgió por varios factores: uno, la producción cinematográfica cubana es tan rica que tuve ganas de conocer más, y mientras más materiales veía, más ganas tenía de seguir viendo; luego, el contexto, que me llamó demasiado la atención, junto a ese interés y conocimiento generalizado por el cine, no sólo de creadores y especialistas, sino también de espectadores, quienes en espacios no oficiales me hablaban con criterios muy sostenidos sobre los filmes.
Asimismo, resultaron esenciales las relaciones que empecé a desarrollar con las personas involucradas en este espacio, tanto con realizadores, periodistas, como con los que trabajan en los festivales; y me hice muy amiga de algunos, al punto de que hoy puedo decir que cuento con amigos en Cuba que considero miembros de mi familia.
Tengo que mencionar especialmente a mis dos maestros de acá, los cuales me han ayudado a abrir muchas puertas, y son el ejemplo de cómo quiero ser como persona. Me refiero al cineasta Fernando Pérez y al crítico y escritor Ambrosio Fornet. Les estoy eternamente agradecida a ambos por haberme dado apoyo y entregado tanto, no solo en términos artísticos e intelectuales, sino en su forma de ser, en su compromiso con los demás, en su humanidad.
Es por eso que he seguido este camino, y trato de abrir otros, a partir de la necesidad que veo de continuar divulgando lo que sucede acá en el medio cinematográfico y audiovisual.

¿Qué etapa del cine cubano o realizadores en particular se encuentran entre sus preferidos, o con cuáles se siente más identificada?

Para mí es muy difícil escoger una etapa. Aprecio mucho los inicios, el esfuerzo que hicieron los maestros para establecer un instituto de cine en los primeros meses de la Revolución, la valentía al defender esa visión en un momento de transición, de cambios bruscos, y su claridad al entender que el cine debía estar vinculado al desarrollo y la construcción de la nueva nación. Ese período me llama mucho la atención, como también lo hace los finales de los ochenta, momento en que los realizadores tuvieron que lanzarse a hacer coproducciones y experimentar con nuevas tecnologías; y lo hicieron sin saber de qué se trataba. Había que aprender sobre la marcha. Admiro mucho a los cineastas de esa etapa; por supuesto, algunas obras son mejores que otras, pero creo que todas tienen el valor de mostrarnos cómo hay que trazar caminos no conocidos para probar, conocer, llevar a cabo los proyectos y realizar sueños.
Fue por esta razón que mi libro sobre el audiovisual cubano parte de los años 90. Experimenté el Período Especial, vine varias veces a Cuba y vi los cambios que sucedían en la sociedad, situaciones muy difíciles para todos que me impactaron mucho y a su vez me motivaron a profundizar aún más mi compromiso con el contexto y el cine cubanos. Fue entonces cuando empecé a ver el desarrollo y emergencia de una nueva forma de hacer audiovisuales. Eso fue con la llegada de las nuevas tecnologías: primero el video y después, por supuesto, la tecnología digital.

Aunque aprecio la tradición del cine cubano, lo que se está haciendo en este momento, y lo que se hizo durante los últimos años, es lo que de verdad me llama la atención. Es una nueva generación que busca su camino, que está insertándose en la cultura nacional e internacional. Admiro mucho a los jóvenes y a los ya no tan jóvenes que se están “plantando”.

Hábleme un poco sobre el libro que ha publicado y que actualmente se encuentra en vías de publicación por Ediciones ICAIC; me refiero a On Location in Cuba. Street Filmmaking during Times of Transition. Sabemos que se centra en el movimiento de los nuevos realizadores. ¿Qué nos puede decir sobre este fenómeno cinematográfico luego de su investigación?

En los años 90 existía una tendencia crítica a enfocarse en los maestros. Todo el mundo hablaba del cine de Titón, de Pastor Vega, Orlando Rojas, Humberto Solás, etc., y yo también soy una gran admiradora de sus obras cinematográficas; pero al mismo tiempo observaba mucha actividad entre los jóvenes y me percataba de que nadie hablaba de eso. Pienso que tanto en Cuba como en otros países hubo un prejuicio en contra del video y en general de las obras que no se hacen a la manera tradicional del cine, en 35mm.
Como dice José Martí, “con los pobres de la tierra quiero yo mi suerte echar”. A lo mejor siempre me he sentido más identificada con las personas que no se reconocen, y vi a estos jóvenes sin recursos, a veces sin instituciones que los ampararan, pero llenos de inquietudes, talento y ganas de contar sus historias, y empecé a interesarme más y más en sus trabajos. Vi maravillas y por eso decidí dedicarles un libro. Para ser honesta, yo no pensé escribir todo el libro sobre los nuevos realizadores; iba a dedicarles solo un capítulo, pero cuando empecé a hacer las entrevistas, a visionar sus materiales, y al comenzar a escribir, tenía tanta información que sentía que el resto iba a quedar panorámico, y verdaderamente el centro eran los nuevos realizadores. Ahora, dos años después de ver el libro publicado, me siento muy satisfecha y contenta no solo con las reseñas críticas favorables sino también con el impacto que ha tenido en las vidas de los mismos realizadores. Uno de ellos me comentó que gracias a mi texto llegó a su puerta un productor queriendo conversar sobre proyectos para el futuro. Otro me conmovió diciendo que había perdido el hilo creativo pero al verse en mi libro volvió a encontrarse como artista, y se puso a desarrollar su próximo proyecto audiovisual. Eso me llena de alegría, saber que he podido poner mi granito de arena para apoyarlos.
Otra faceta del libro, para mí otro aspecto muy importante, es que quería incorporar el testimonio de los propios realizadores. Hay libros muy teóricos; hubiera podido enfocarme en algunas lecturas de los textos de los filmes, pero quería hacer como una historia cultural sobre este fenómeno, dejarlos hasta cierto punto contar sus propias historias dentro del libro, para mostrar la diversidad. Dedico tres capítulos a tres realizadores puntuales: Juan Carlos Cremata, Pavel Giroud y Esteban Insausti. Los admiro mucho, los tres han tenido trayectorias diferentes, siguen caminos diversos. Insisto en que no hay ya una forma única de hacer cine o de abordar el audiovisual en Cuba, pues en estos momentos hay mucha diversidad.

En otro capítulo presento un compendio de muchos realizadores, otra vez subrayando su propio testimonio y mencionando sus obras. No solo realizadores de La Habana como Aram Vidal, Karel Ducasse, Alina Rodríguez y Ernesto Piña; sino realizadores de las provincias como Gustavo Pérez, Carlos Barba y varios de la Televisión Serrana. Hay que recordar que existe creatividad en todo el país, y quería subrayar eso.
También deseaba abordar lo que el crítico e investigador cubano Juan Antonio García Borrero catalogó años atrás como “Icaiccentrismo”, o sea, en mi rol de crítica no solo pretendía tratar a los realizadores del ICAIC, sino examinar también los que estaban trabajando fuera de la industria.

En mi país hay poca información sobre Cuba proveniente de la Isla; creo que por eso hay una tendencia a pensar que las personas que crean materiales audiovisuales al margen del ICAIC realizan obras disidentes, que van en contra del sistema. Yo quería mostrar que el hecho de no trabajar dentro de una institución en la Cuba de hoy no significa necesariamente que la rechacen o estén en contra. La cuestión es que a veces hay caminos que se abren y otros no, y a veces uno tiene ganas de hacer lo suyo. No vale la pena quedarse esperando una luz verde, hay que buscar otra vía. Por eso he entrevistado a muchos realizadores que dicen que trabajan en “la calle”, que no están en el ICAIC; quizá algunos se han alejado de forma consciente de la institución, pero me he encontrado que la mayoría solo tiene un gran deseo de hacer su proyecto y son muy creativos.
Por ejemplo, en el caso de Fernando Pérez, me parece genial el hecho de que se esté lanzando a hacer una obra fuera del ICAIC. Después de relacionarse con los jóvenes por muchos años, luego de invertir tanta energía en la Muestra Joven, él quiere probar, conocer ese camino a través de su propia experiencia. En uno de los epígrafes de mi libro, cito a Ambrosio Fornet: “nuestra cultura, hoy más que nunca, es una cosa viva.” Estoy de acuerdo con él porque lo que veo aquí es una cultura muy viva, a pesar de las dificultades, de los cambios rápidos que se viven y de los obstáculos múltiples.

Sobre la base de su experiencia con estudiantes y colegas norteamericanos, ¿qué es lo que más les atrae o les seduce del cine creado en la Isla? ¿Cuál es su percepción, cómo lo valoran?

Una de las manifestaciones más importante de los cubanos, luego del Triunfo de la Revolución, es ese interés por representarse a sí mismos, de rechazar esa representación del otro que venía de muchas partes pero sobre todo de Hollywood. Al pensar en una película de los 40, como por ejemplo Weekend in Havana (Fin de semana en La Habana), con Carmen Miranda, quien salía con un sombrero lleno de frutas, una piña, su vestido característico y bailando; si comparamos, digo, creo que el cine cubano nos ha dado la oportunidad de ver otra visión. Nos ha dado la posibilidad de apreciar cómo algunos cubanos han retratado su realidad en épocas distintas, y cómo luchaban para buscar y forjar un lenguaje propio. Nos sigue asombrando la diversidad desde el “periodismo cinematográfico” de Santiago Álvarez hasta los cortos humorísticos de Enrique Colina, desde los Filminutos y las series de dibujo animado hasta las películas de época. Cada obra marca otra visión…
En estos momentos estoy dirigiendo unos talleres en la Universidad sobre los nuevos medios audiovisuales, en los cuales mis estudiantes y yo estamos subtitulando documentales cubanos, editando materiales que filmé en La Habana y filmando entrevistas con los realizadores que invitamos para que presenten su obra. (En años recientes hemos contado con la presencia de Carlos Rodríguez, Esteban Insausti, Angélica Salvador, Alfredo Ureta, Susel Ochoa, Aram Vidal y Laimir Fano, entre otros.)
En muchos casos, como estamos colaborando con jóvenes de acá, los estudiantes pueden comunicarse con los realizadores por medio del correo electrónico. Eso hace más cercano al material y creo que, hoy en día, muchos de los que nos interesamos por los audiovisuales en general, sobre todo las nuevas generaciones, tenemos referencias parecidas, hemos escuchado quizá la misma música o visto algunas de las mismas obras; y esto ha sido un resultado de la globalización que nos ha unido a pesar de los aspectos negativos que sabemos genera. Yo creo que las generaciones, sobre todo los jóvenes, tienen más posibilidades para comunicarse y entenderse porque sus referentes culturales tienen puntos en común y pienso que eso ha ayudado a la hora de diseñar este taller.
Otra cosa muy importante es que los estudiantes, al colaborar con un realizador cubano, con un proyecto internacional, se sienten útiles; ellos saben que pueden ser activistas culturales, porque están haciendo algo que perdura.
Debido a nuestro trabajo y al esfuerzo de los estudiantes ha habido una comunicación entre Cuba y los Estados Unidos que no se ve fácilmente, pero que existe. La cultura sí nos puede unir.

Acerca de este taller al que hacía referencia, ¿qué criterios de selección primaron para las obras escogidas y qué finalidad conserva el proyecto?

Es un taller que creé hace 4 o 5 años. Surgió de una necesidad, que percibí acá, de subtitular obras de los jóvenes, de divulgar esa información, y se debió también a mi interés en capacitar a los estudiantes como investigadores. Busqué a varios estudiantes para colaborar conmigo. Muchos venían del programa de Estudios Hispánicos; otros, del programa de Cine. Dos grupos con habilidades diferentes: unos eran capaces de comunicarse en español con un conocimiento de la cultura latinoamericana; otros, con conocimiento del cine mundial, de cómo se filma, se edita; podían manejar la tecnología. Los estudiantes en un principio podían aprender y enseñar, y esta experiencia arrojó resultados inesperados que me llenan de mucho orgullo.
Las obras más bien nos escogen a nosotros. Por ejemplo, conocí a Karel Ducasse en el momento en que estaba armando el taller, y él necesitaba que su más reciente material (Zona de silencio) tuviera subtítulos. Decidimos hacerlo. Le pregunté a Karel si esto lo había ayudado un poquito y me contestó: “No solo un poquito, Ana María, ha sido impactante de cierta forma”, y es que gracias a los subtítulos su obra pudo competir primero en un Festival en Rotterdam y luego en otros festivales donde había que entregar una copia de la obra subtitulada al inglés. No hay que escuchar esto muy a menudo para saber que sí vale la pena.
Algunas de las obras que escogimos responden a una iniciativa que se llama Cuban Cinema Classics. En el ICAIC han sido muy solidarios con este proyecto. Me abrieron sus archivos para que escogiera documentales para subtitular y divulgar en mi país, obras que podrían tener interés en los Estados Unidos, y también para divulgar un poco la rica producción del cine cubano, porque a pesar de que con las nuevas tecnologías y las redes de comunicación es mucho más fácil acceder a la información, cuando empecé esta iniciativa todavía era muy difícil tener acceso a documentales cubanos. Por eso decidí lanzarme a fundar y diseñar este proyecto.

Tras su acercamiento al cine creado por jóvenes realizadores cubanos, ¿qué valor le otorga al espacio Muestra Joven, concebido por el ICAIC, para exhibir las obras realizadas por estos creadores?

Creo que es sumamente importante contar con espacios para observar y divulgar las creaciones, para intercambiar y poner a dialogar ideas. Por eso sigo teniendo la necesidad de no leer solamente acerca de los eventos cinematográficos, sino de participar en ellos. Llevo años participando en varios festivales y eventos en Cuba; entre ellos la Muestra Joven, y me han impactado muchísimo la visión, la organización, el formato, de modo que trato de no perderme nunca una nueva edición. Es ese un espacio sumamente clave para el perfil que sigo. Es novedoso. Sin duda seguiré trazando el fenómeno del cine y el audiovisual en Cuba; me siento muy afortunada, y aun privilegiada, por pertenecer a este mundo y poder colaborar con los realizadores que luchan constantemente para contar sus historias, para llevar a cabo su visión artística, para comunicarse y para construir el futuro que está por venir.

* "On location in Cuba, street filmmaking during times of transition", by Ann Marie Stock. The University of North Carolina Press @2009-

Fuente: Cubanow.net